El buey y el asno, junto al pesebre
Benedicto XVI, cuando aún no era Papa, escribió varios textos dedicados a la Navidad en el libro Imágenes de la esperanza. Reproducimos parte de estos textos
En Navidad nos deseamos de corazón que este tiempo festivo, en medio de todo el ajetreo actual, nos otorgue un poco de reflexión y alegría, contacto con la bondad de nuestro Dios y, de ese modo, ánimos renovados para seguir adelante. Al empezar esta pequeña reflexión sobre lo que esta fiesta puede decirnos hoy, tal vez resulte útil una breve mirada al origen de la celebración de la Navidad.
El año litúrgico de la Iglesia se ha desarrollado, ante todo, no desde la consideración del nacimiento de Cristo, sino desde la fe en su resurrección. Por tanto, la fiesta originaria de la cristiandad no es la Navidad, sino la Pascua. Pues, de hecho, sólo la Resurrección ha fundamentado la fe cristiana y ha hecho existir a la Iglesia. Por eso, ya Ignacio de Antioquia (muerto como muy tarde el año 117) llama a los cristianos aquellos que «ya no guardan el sábado, sino que viven según el día del Señor»: ser cristiano significa vivir pascualmente, desde la Resurrección, que se conmemora en la semanal celebración pascual del domingo. Seguramente, el primero en afirmar que Jesús nació el 25 de diciembre fue Hipólito de Roma, en su comentario a Daniel, escrito más o menos en el año 204. El antiguo exegeta de Basilea Bo Reicke remitía, además, al calendario de fiestas, según el cual, en el evangelio de Lucas los relatos del nacimiento del Bautista y del nacimiento de Jesús están referidos uno al otro. De esto se seguiría que ya Lucas, en su evangelio, presupone el 25 de diciembre como día del nacimiento de Jesús. En este día se conmemoraba por aquel entonces la fiesta de la dedicación del templo, introducida en el año 164 antes de Cristo, por Judas Macabeo; de ese modo, la fecha del nacimiento de Jesús simbolizaría, al mismo tiempo, que con Él, que apareció como luz de Dios en la noche invernal, tenía lugar la verdadera dedicación del templo: la llegada de Dios en medio de esta tierra.
Sea como fuere, la fiesta de Navidad no adquirió en la cristiandad una forma clara hasta el siglo IV, cuando desplazó la festividad romana del dios solar invicto y enseñó a entender el nacimiento de Cristo como la victoria de la verdadera luz; sin embargo, por las anotaciones de Bo Reicke, ha quedado patente que, en esta refundición de una fiesta pagana en una solemne festividad cristiana, se asumió una ya antigua tradición judeo-cristiana.
El especial calor humano de la fiesta de Navidad nos afecta tanto, que en el corazón de la cristiandad ha sobrepujado con mucho a la Pascua. Pues bien, en realidad ese calor se desarrolló por primera vez en la Edad Media; y fue Francisco de Asís quien, con su profundo amor al hombre Jesús, al Dios con nosotros, ayudó a materializar esta novedad. Su primer biógrafo, Tomás de Celano, cuenta en la segunda descripción que hace de su vida lo siguiente: «Más que ninguna otra fiesta celebraba la Navidad con una alegría indescriptible. Decía que ésta era la fiesta de las fiestas, pues en este día Dios se hizo niño pequeño, y mamó leche como todos los niños. Francisco abrazaba –¡con cuánta ternura y devoción!– las imágenes que representaban al Niño Jesús, y balbuceaba lleno de piedad, como los niños, palabras tiernas. El nombre de Jesús era en sus labios dulce como la miel».
De tales sentimientos surgió, pues, la famosa fiesta de Navidad de Greccio, a la que podría haberle animado su visita a Tierra Santa y al pesebre de Santa María la Mayor en Roma; lo que le movía era el anhelo de cercanía, de realidad; era el deseo de vivir Belén de forma totalmente presencial, de experimentar inmediatamente la alegría del nacimiento del Niño Jesús y de compartirla con todos sus amigos.
De esta noche junto al pesebre habla Celano, en la primer biografía, de una manera que continuamente ha conmovido a los hombres y, al mismo tiempo, ha contribuido decisivamente a que pudiera desarrollarse la más bella tradición navideña: el pesebre. Por eso podemos decir, con razón, que la noche de Greccio regaló a la cristiandad la fiesta de Navidad de forma totalmente nueva, de manera que su propio mensaje, su especial calor y humanidad, la humanidad de nuestro Dios, se comunicó a las almas y dio a la fe una nueva dimensión. La festividad de la resurrección había centrado la mirada en el poder de Dios, que supera la muerte y nos enseña a esperar en el mundo venidero. Pero ahora se hacía visible el indefenso amor de Dios, su humildad y bondad, que se nos ofrece en medio de este mundo y, con ello, nos quiere enseñar un género nuevo de vida y de amor.
Quizá sea útil detenernos aquí un momento y preguntar: ¿dónde se encuentra exactamente ese lugar, Greccio, que de ese modo ha llegado a tener para la historia de la fe un significado totalmente propio? Es una pequeña localidad situada en el valle de Rieti, en Umbría, no muy lejos de Roma en dirección nordeste. Lagos y montañas dan a esta comarca su encanto especial y su belleza callada, que todavía hoy nos sigue conmoviendo, especialmente porque apenas se ha visto afectada por la agitación del turismo. El convento de Greccio, situado a 638 metros de altitud, ha conservado algo de la simplicidad de los orígenes; ha permanecido sencillo, como la pequeña aldea que está a sus pies; el bosque lo circunda como en tiempos del Poverello, e invita a la estancia contemplativa. Celano dice que Francisco amaba especialmente a los habitantes de este lugar por su pobreza y su simplicidad; venía hasta aquí a menudo para descansar, atraído también por una celda de extrema pobreza y soledad en la que podía entregarse sin ser molestado a la contemplación de las cosas celestiales. Pobreza –simplicidad–, silencio de los hombres y hablar de la creación: éstas eran, al parecer, las impresiones que para el santo de Asís se conectaban con este lugar. Por eso pudo convertirse en su Belén e inscribir de nuevo el secreto de Belén en la geografía de las almas.
Pero volvamos a la Navidad de 1223. Las tierras de Greccio habían sido puestas a disposición del Pobre de Asís por un noble señor de nombre Juan, del que Celano cuenta que, pese a su alto linaje y su importante posición, «no daba ninguna importancia a la nobleza de la sangre y deseaba más bien alcanzar la del alma». Por eso lo amaba Francisco.
Un descubrimiento
De este Juan dice Celano que aquella noche se le concedió la gracia de una visión milagrosa. Vio yacer inmóvil sobre el comedero a un niño pequeño, que era sacado de su sueño por la cercanía de san Francisco. El autor añade: «Esta visión correspondía en realidad a lo que sucedió, pues, de hecho, hasta aquella hora el Niño Jesús estaba hundido en el sueño del olvido en muchos corazones. Gracias a su siervo Francisco, fue reavivado a su recuerdo, e indeleblemente impreso en la memoria».
En esta imagen se describe muy exactamente la nueva dimensión que Francisco, con su fe que impregna alma y corazón, regaló a la fiesta cristiana de la Navidad: el descubrimiento de la revelación de Dios, que precisamente se encuentra en el Niño Jesús. Precisamente así Dios ha llegado a ser verdaderamente Emmanuel, Dios con nosotros, alguien de quien no nos separa ninguna barrera de sublimidad ni de distancia: en cuanto niño, se ha hecho tan cercano a nosotros que le decimos sin temor Tú, podemos tutearle en la inmediatez del acceso al corazón infantil.
En el Niño Jesús se manifiesta de forma suprema la indefensión del amor de Dios: Dios viene sin armas porque no quiere conquistar desde fuera, sino ganar desde dentro, transformar desde el interior. Si algo puede vencer la arbitrariedad del hombre, su violencia, su codicia, es el desamparo del Niño. Dios lo ha aceptado para vencernos y conducirnos a nosotros mismos.
No olvidemos, además, que el título supremo de Jesucristo es el de Hijo –Hijo de Dios–; la dignidad divina se designa con una palabra que muestra a Jesús como niño perpetuo. Su condición de niño se encuentra en una correspondencia sin par con su divinidad, que es la divinidad del Hijo. Así, su condición de niño nos indica cómo podemos llegar a Dios, a la divinización. Desde aquí se han de entender sus palabras: «Si no os cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos».
Quien no ha entendido el misterio de la Navidad no ha entendido lo más determinante de la condición cristiana. Quien no lo ha asumido, no puede entrar en el reino de los cielos: esto es lo que Francisco quería recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos posteriores.
La realidad del pesebre
En la cueva de Greccio se encontraban aquella Nochebuena, conforme a la indicación de san Francisco, el buey y el asno. Al noble Juan le había dicho: «Quisiera evocar con todo realismo el recuerdo del niño, tal y como nació en Belén, y todas las penalidades que tuvo que soportar en su niñez. Quisiera ver con mis ojos corporales cómo yació en un pesebre y durmió sobre el heno, entre un buey y un asno».
Desde entonces, el buey y el asno forman parte de toda representación del pesebre. Pero, ¿de dónde proceden en realidad? Como es sabido, los relatos navideños del Nuevo Testamento no cuentan nada de ellos. Si tratamos de aclarar esta pregunta, tropezamos con uno hechos importantes para los usos y tradiciones navideños, y también, incluso, para la piedad navideña y pascual de la Iglesia en la liturgia y las costumbres populares.
El buey y el asno no son simplemente productos de la fantasía piadosa. Gracias a la fe de la Iglesia en la unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento, se han convertido en acompañantes del acontecimiento navideño. De hecho, en Isaías 1,3 se dice: «Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne».
Los Padres de la Iglesia vieron en estas palabras una profecía referida al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia constituida a partir de judíos y gentiles. Ante Dios, todos los hombres, judíos y gentiles, eran como bueyes y asnos, sin razón ni entendimiento. Pero el Niño del pesebre les ha abierto los ojos, para que ahora reconozcan la voz de su Dueño, la voz de su Amo.
En las representaciones navideñas medievales, sorprende continuamente cómo a ambos animales se les dan rostros casi humanos; cómo, de forma consciente y reverente, se ponen de pie y se inclinan ante el misterio del Niño. Esto era lógico, pues ambos animales eran considerados la cifra profética tras la que se esconde el misterio de la Iglesia –nuestro misterio, el de que, ante el Eterno, somos bueyes y asnos–, bueyes y asnos a los que en la Nochebuena se les abren los ojos, para que en el pesebre reconozcan a su Señor.
Pero, ¿lo reconocemos realmente? Cuando ponemos en el pesebre el buey y el asno, debe venirnos a las mientes la palabra entera de Isaías, que no sólo es buena nueva –promesa de conocimiento venidero–, sino también juicio sobre la presente ceguedad. El buey y el asno conocen, pero «Israel no conoce, mi pueblo no discierne».
¿Quién es hoy el buey y el asno, quién es mi pueblo que no discierne? ¿En qué se conoce al buey y al asno, en qué a mi pueblo? ¿Por qué, de hecho, sucede que la irracionalidad conoce y la razón está ciega?
Para encontrar una respuesta, debemos regresar una vez más, con los Padres de la Iglesia, a la primera Navidad. ¿Quién no conoció? ¿Quién conoció? ¿Por qué fue así?
Quien no conoció fue Herodes: no sólo no entendió nada cuando le hablaron del Niño, sino que sólo quedó cegado todavía más profundamente por su ambición de poder y la manía persecutoria que le acompañaba. Quien no conoció fue, «con él, toda Jerusalén». Quienes no conocieron fueron los hombres elegantemente vestidos, la gente refinada. Quienes no conocieron fueron los señores instruidos, los expertos bíblicos, los especialistas de la exégesis escriturística, que desde luego conocían perfectamente el pasaje bíblico correcto, pero, pese a todo, no comprendieron nada.
Quienes conocieron fueron –comparados a estas personas de renombre– bueyes y asnos: los pastores, los magos, María y José. ¿Podía ser de otro modo? En el portal, donde está el Niño Jesús, no se encuentran a gusto las gentes refinadas, sino el buey y el asno.
Ahora bien, ¿qué hay de nosotros? ¿Estamos tan alejados del portal porque somos demasiado refinados y demasiado listos? ¿No nos enredamos también en eruditas exégesis bíblicas, en pruebas de la inautenticidad o autenticidad del lugar histórico, hasta el punto de que estamos ciegos para el Niño como tal y no nos enteramos de nada de Él? ¿No estamos también demasiado en Jerusalén, en el palacio, encastillados en nosotros mismos, en nuestra arbitrariedad, en nuestro miedo a la persecución, como para poder oír por la noche la voz del ángel, e ir a adorar?
De esta manera, los rostros del buey y el asno nos miran esta noche y nos hacen una pregunta: Mi pueblo no entiende, ¿comprendes tú la voz del Señor? Cuando ponemos las familiares figuras en el nacimiento, debiéramos pedir a Dios que dé a nuestro corazón la sencillez que en el Niño descubre al Señor –como una vez Francisco en Greccio–. Entonces podría sucedernos también lo que Celano –de forma muy semejante a san Lucas cuando habla sobre los pastores de la primera Nochebuena– cuenta de quienes participaron en los maitines de Greccio: todos volvieron a casa llenos de alegría.
El mensaje de la basílica de Santa María la Mayor en Roma
El Belén de Roma
Nada más penetrar en la basílica de Santa María la Mayor, dejando atrás las ruidosas calles de Roma, me viene a la memoria la invitación del salmista: «Callad y mirad». Siempre que no sea precisamente verano, cuando multitudes de turistas recorren deprisa la iglesia, convirtiéndola también en una especie de calle, de la misteriosa penumbra de este espacio llega una invitación a guardar silencio, al recogimiento y a la contemplación, invitación que la algarabía de lo cotidiano, como por sí sola, consigue convertir en insignificante. Es como si la oración de los siglos hubiera permanecido presente con el único objetivo de ponernos en camino. Los ámbitos más silenciosos del ama, que de otro modo quedan empujados a uno lado por el torbellino de las preocupaciones y cotidianidades, se ven liberados cuando nos abandonamos al ritmo de esta casa de Dios y al de su mensaje.
Pero, ¿cuál es dicho mensaje? Quien hace tal pregunta ya se encuentra, sin duda, en peligro de eludir la llamada especial que podría llegarle en este lugar. Ese mensaje no se puede transformar en una entrada de diccionario a la que se pudiera recurrir rápidamente. Propio de él es la exigencia de salir del fuego cruzado de los interrogatorios; en lugar de eso, nos llama a una permanencia en la que la escucha y la visión del corazón despiertan; a una permanencia que conduce más allá de lo que se coge rápidamente para, a continuación, volverlo a tirar. Hay dos imágenes de esta iglesia que dicen lo que las palabras sólo deficientemente pueden traducir.
En primer lugar, se da allí un hecho muy curioso. Esta iglesia es un templo dedicado a la Natividad. Como obra de arte, pretende hacernos llegar la invitación del ángel, que primero se hizo a los pastores: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy… un salvador, que es el Cristo Señor…» Pero, al mismo tiempo, esta casa de Dios quisiera introducirnos en la respuesta de los pastores: «Vayamos… y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado». Así, sería de esperar que la imagen de la Nochebuena fuera centro de este lugar y de sus caminos. De hecho es así; pero, al mismo tiempo, no lo es.
Los mosaicos de ambos lados de la nave de la iglesia explican, por así decirlo, toda la Historia como una procesión de la Humanidad hasta el Redentor. En el centro, sobre el arco triunfal, en el punto de llegada de los caminos, en el que debería estar representado el nacimiento de Cristo, se encuentra en cambio sólo un trono vacío y, sobre él, una corona, un manto imperial y la cruz; sobre el escabel se encuentra, a modo de cojín, la Historia, sellada con siete cordeles rojos. El trono vacío, la cruz y, a sus pies, la Historia: ésta es la imagen navideña de esta iglesia, que ha querido ser, y quiere seguir siéndolo, el Belén de Roma. ¿Por qué exactamente? Si queremos entender el mensaje de la imagen, debemos recordar, primero, que el arco triunfal está sobre la cripta, que originalmente fue construida como reproducción de la cueva de Belén en la que Cristo vino al mundo. Aquí se ha venerado también hasta hoy la reliquia que, para la tradición, pasa por ser el pesebre de Belén. De este modo, la procesión de la Historia, toda la pompa de los mosaicos se ve precipitada a la cueva, al portal; las imágenes caen a la realidad. El trono está vacío, porque el Señor ha descendido al portal. El mosaico central, hacia el que todo se dirige, es, por decirlo así, sólo la mano que se nos tiende para descubrir el salto de las imágenes a la realidad. El ritmo del espacio nos arrastra a un súbito cambio radical cuando, del mundo esplendoroso de las alturas más altas del arte antiguo, en los mosaicos, nos empuja inmediatamente a las profundidades de la cueva, del portal. A lo que quiere conducirnos es al paso, de la estética religiosa, al acto de fe.
El guardar silencio en este edificio multisecular, el quedar emocionado por la belleza y grandiosidad de sus vistas, el tocar, lleno de presentimientos, lo grande, lo totalmente otro, lo eterno: esto es lo primero que el contacto con esta iglesia nos regala, y es algo elevado y noble, de lo que precisamente hoy estamos necesitados. Pero esto no es todo. No dejaría de ser un hermoso sueño, un sentimiento pasajero sin compromiso, y, por tanto, sin fuerza, si no nos dejáramos llevar al paso siguiente: al sí de la fe. Sólo entonces se pondrá de manifiesto todavía algo más: la cueva no está vacía. Su verdadero contenido no es la reliquia que se conserva como el pesebre de Belén. Su verdadero contenido es la misa de medianoche del nacimiento de Cristo. Sólo en ella se produce definitivamente el paso a la realidad. Sólo en ella llegamos juntos a la imagen navideña, que ya no es una imagen. Sólo cuando nos dejamos guiar hasta allí por el mensaje de este lugar vuelve a ser verdad una vez más, de forma completamente nueva: Hoy os ha nacido el Salvador. Sí, hoy realmente.
Con tales pensamientos podemos volvernos a otra imagen de Santa María la Mayor: la antiquísima imagen de María que se conserva en la capilla Borghese bajo la advocación de Salus populi Romani. Para entender su interpelación al visitante, debemos recordar, una vez más, el mensaje fundamental de este templo. Es un iglesia de la Natividad –hemos dicho– construida como cáscara, por decirlo así, en torno al portal de Belén que aquí, a su vez, se entiende como imagen del mundo y de la Iglesia de Dios, pero que, al mismo tiempo, exige la superación de todas las imágenes y de todo lo puramente estético.
Fiesta de María y de Cristo
Alguien podría objetar que ésta no es una iglesia de la Natividad, por tanto, una iglesia dedicada a Cristo, sino un templo mariano, la primera Iglesia dedicada a María en Roma y en todo Occidente. (…) Pero Cristo no cuenta para nosotros sólo por su obra, por lo que ha hecho, sino, ante todo, por lo que era y por lo que es, en la totalidad de su persona. Cuenta para nosotros de manera distinta que cualquier otro hombre, porque no es simplemente hombre. Cuenta, porque en Él tierra y cielo se tocan, y así en Él Dios se hace para nosotros tangible en cuanto hombre. Los Padres de la Iglesia han llamado a María la tierra santa de la que Él fue formado en cuanto hombre, y lo maravilloso es que, en Cristo, Dios permanece para siempre unido a esta tierra. (…)
En el drama de la salvación, no es que María tuviera que desempeñar un papel para, después, hacer mutis, como alguien cuyo párrafo ha concluido. La humanación a partir de la mujer no es un papel que, tras breve tiempo, quede concluido, sino el estar permanente de Dios con la tierra, con el hombre, con nosotros que somos tierra. De ahí que la fiesta de Navidad sea, a la vez, una fiesta de María y una fiesta de Cristo, y por eso una auténtica iglesia dedicada a la Navidad debe ser un templo mariano. Con tales pensamientos debiéramos contemplar la antiquísima y misteriosa imagen que los romanos llaman Salus populi Romani. Según la tradición, es la imagen que Gregorio Magno llevó en procesión por las calles de Roma el año 590, cuando la peste atormentaba a la ciudad. Al término de la procesión, cesó la epidemia y Roma recobró de nuevo la salud. El nombre de la imagen quiere decirnos: en Él puede Roma, por Él pueden los hombres, sanar continuamente. Desde esta figura a la vez juvenil y venerable, desde sus ojos sabios y bondadosos, nos mira la bondad maternal de Dios. «Como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré», nos dice Dios a través del profeta Isaías. El consuelo maternal revela plenamente a Dios, preferentemente a través de las madres, a través de su Madre. ¿Y a quién podría extrañarle? Ante esta imagen se desprende de nosotros la fatuidad; se diluyen las crispaciones de nuestra soberbia, el miedo ante el sentimiento y todo lo que nos hace enfermar por dentro. La depresión y la desesperación se apoyan sobre el hecho de que el ámbito de los sentimientos se desordena o falla completamente. Y no vemos lo que hay de cálido, consolador, bueno y salvador en el mundo –todo lo que podemos percibir únicamente con el corazón–. En la frialdad de un conocimiento al que se le ha privado de su raíz, el mundo se vuelve con desesperación. De ahí que la aceptación de esta imagen sane. Nos devuelve la tierra de la fe y de la condición humana, siempre y cuando aceptemos desde dentro su lenguaje, no nos cerremos a él.
+ Joseph Ratzinger