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TESTIMONIOS DE NIÑOS SOLDADOS DEL CONGO

14/11/2004 

Siete años de conflicto casi ininterrumpido en la República Democrática del Congo han conducido a la muerte a más de tres millones de personas sólo desde 1998, la mayoría de ellos hombres, mujeres y niños civiles. En una guerra en la que la población civil ha sido blanco de los ataques de manera implacable y sin tregua, la muerte y el sufrimiento intenso se han convertido en un elemento cotidiano en la vida de los congoleños. ¿ Por que se silencia este crimen contra la humanidad?

NIÑOS EN GUERRA


El conflicto también se ha visto contaminado por la utilización generalizada y sistemática de niños como combatientes por parte de todas las facciones en lucha. Actualmente, la República Democrática del Congo registra una de las mayores tasas de niños soldados en todo el mundo. Estos menores suelen recibir un trato violento durante su entrenamiento y en algunos campos se han registrado muertes de niños debido a las deplorables condiciones en que vivían. A menudo se los envía a las líneas de combate, donde se los obliga a ir en avanzadilla para detectar la presencia de tropas enemigas, hacer de guardaespaldas de sus jefes militares, o se los convierte en esclavos sexuales. Se utiliza asimismo tanto a niños como a niñas para transportar los pertrechos, el agua y los alimentos, o como cocineros. A algunos se los ha obligado a matar a miembros de sus propias familias, y a otros a participar en actos sexuales y de canibalismo con los cadáveres de los enemigos muertos en los combates. A menudo se les administran drogas y alcohol para contener su emotividad cuando cometen estos crímenes.

Las entrevistas que Amnistía Internacional ha realizado a niños que se habían escapado del ejército o que habían sido desmovilizados ofrecen un testimonio espeluznante sobre cómo les ha afectado el conflicto armado de la República Democrática del Congo. En el mejor de los casos, los ex niños soldados se reintegran en su comunidad, se los vuelve a admitir en el sistema educativo o consiguen un empleo legal u otras oportunidades de obtención de ingresos. En muchos casos, la falta de alternativas de los ex combatientes los ha devuelto rápidamente al conflicto armado o a caer en la prostitución, los delitos menores, el alcohol o las drogas, en una nueva búsqueda de protección y sustento.

En los últimos años, la comunidad internacional ha puesto en marcha varias iniciativas para subrayar la ilegalidad e inmoralidad del reclutamiento y la utilización de niños soldados. Se ha trabajado para reforzar el derecho internacional y para establecer procesos de vigilancia y presentación de informes con el fin de recabar datos sobre estas prácticas. Si se pretende combatir el clima de impunidad en que éstas perviven y poner freno al reclutamiento y la utilización de niños soldados en la República Democrática del Congo, una vez recabada la información al respecto, se debe actuar en consecuencia y llevar ante la justicia a los responsables del reclutamiento de niños soldados, con arreglo a las normas internacionales vigentes.

Es deber del gobierno de transición y unidad nacional de la República Democrática del Congo, de los dirigentes de los grupos armados y las milicias no representados en ese gobierno, así como de los gobiernos extranjeros involucrados en el conflicto, dar órdenes estrictas a las tropas que se encuentran bajo su mando para garantizar que se pone fin inmediatamente al reclutamiento, la formación y la utilización de menores de 18 años como combatientes. Para poder abordar la cuestión de la impunidad de los responsables de estas prácticas ha de ponerse a disposición de la justicia a los sospechosos de reclutar y utilizar a niños soldados.

En la esfera nacional, es esencial que el gobierno de transición garantice que hay tribunales competentes, independientes e imparciales, que éstos cuentan con las facultades y recursos necesarios para investigar el reclutamiento y la utilización de niños soldados, y que los sospechosos de ser responsables comparecen ante la justicia, de acuerdo con las normas internacionales sobre juicios justos, sin recurrir a la pena capital. El servicio militar obligatorio, el reclutamiento y la utilización de niños soldados menores de 15 años por una fuerza o un grupo armados se considera crimen de guerra con arreglo al Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional y aquellos acusados de crímenes pueden ser juzgados por la Corte.

Como crímenes de guerra que son, el reclutamiento y la utilización de niños soldados constituyen delitos contra el conjunto de la comunidad internacional, no sólo contra los niños de la República Democrática del Congo y, por consiguiente, la comunidad internacional tiene la responsabilidad jurídica de ayudar al gobierno de transición del país a reforzar su sistema judicial y poner a sus autores a disposición de la justicia. En julio de 2003, el fiscal de la Corte Penal Internacional anunció que los abusos de derechos humanos que se estaban cometiendo en el país africano serán los primeros que investigue la Corte, y que quienes sean acusados de crímenes de guerra podrán ser procesados por ella. La reciente retirada del este de la República Democrática del Congo de algunas fuerzas de Ruanda y Uganda no reduce la responsabilidad de estos países en el reclutamiento y la utilización de niños soldados durante el conflicto armado del Congo ni la necesidad apremiante de ver que se hace justicia.
Además de la abolición legal del reclutamiento y la utilización de menores en los conflictos armados, deben ponerse en marcha iniciativas encaminadas al desarrollo económico y la consolidación de la paz, con el fin de establecer programas sostenibles de desmovilización y rehabilitación. Los años que los niños de la República Democrática del Congo han pasado en las fuerzas armadas, formándose sobre todo en el arte de la violencia, dejarán un legado que, de no abordarse debidamente, tendrá un efecto pertinaz en el país y en sus ciudadanos.






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TESTIMONIOS DE NIÑOS SOLDADOS DE ITURI Y KIVI (República Democrática del Congo)
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Estos testimonios se recogieron en el curso de una visita de investigación realizada por AI a estas regiones en junio y julio de 2003.

Algunos de estos niños han sido desmovilizados, aunque dada la actual situación en Ituri, todos ellos corren el riesgo de ser reclutados de nuevo y de sufrir otras violaciones de derechos humanos.

Nota: Se han cambiado o eliminado los nombres y otros datos de identificación de los niños


SYLVAIN

Sylvain tiene ahora 11 años. Su padre es del grupo étnico hema y su madre del alur. Él procede de Fataki, en la región de Ituri, y se enroló en la UPC cuando tenía nueve años.

Se enroló sobre la marcha un domingo, cuando al volver a su casa después de asistir a misa en la iglesia local, descubrió que sus padres habían desaparecido tras un ataque de la milicia lendu. Sin sus padres, pensó que enrolarse en la UPC era su única fuente de protección y posibilidad de supervivencia.

Pasó siete meses en el campamento militar de instrucción de la UPC de Mandro, cerca de Bunia. Sus instructores, dijo a Amnistía Internacional, eran ruandeses y ugandeses, y las armas que le dieron procedían de Ruanda.

Tras la instrucción, fue enviado a combatir. Luchó contra el ejército ugandés en Bunia en marzo de 2003, y antes en Komanda, contra la RCD-ML y la milicia lendu. Dijo a AI que al principio los combates no le daban miedo, porque no entendía que podía morir en el frente. Su primera experiencia de combate fue en Komanda, donde el enemigo, soldados pertenecientes a la RCD-ML, era mucho más fuerte y puso en fuga a su unidad. Su comandante fue capturado y ejecutado, y el resto de su grupo huyó a la espesura.

Cuando regresaron a su base, fueron enviados inmediatamente a combatir a Lipri y Loga. La primera vez que mató, la sangre le salpicó la cabeza y tuvo miedo. Después, matar se convirtió en una rutina. Mató a soldados ugandeses y de la RCD-ML y estaba orgulloso de haberlo hecho.

Cuando lo desmovilizaron, añoró mucho el ejército. Pero ahora se está acostumbrando a su nueva vida. Cuando la situación lo permita, le gustaría vivir con su madre, a la que han localizado. Pero durante mucho tiempo se negó a pensar siquiera en sus padres, porque le causaba mucho dolor. Quiere estudiar y después aprender un oficio. Los estudios son importantes para él porque «hay que tener inteligencia en la vida y sólo los estudios te permiten adquirir esa inteligencia.» Desea que la guerra termine, y que termine pronto.
Sylvain está lleno de cicatrices de sus experiencias en combate, y su salud es precaria. Desde su primer año como soldado, sufre dolores de cabeza reiterados, acompañados de mareos y dificultades para respirar. Pese a ello, sus comandantes siguieron enviándolo a luchar. Mientras era entrevistado por AI, sufrió uno de estos mareos y se hicieron gestiones para llevarlo a un centro de salud próximo, pero la atención médica disponible en esta región devastada es muy básica. «Volverá con los mismos comprimidos que les dan a todos», comentó su tutor.


EDOUARD

Edouard, que ahora tiene 12 años, ha estado combatiendo los últimos cinco años y sigue en las filas de la RCD-ML. Los mayi mayi lo reclutaron a la fuerza a la edad de siete años en Mambasa, y se lo llevaron a Beni. Tuvo miedo de que lo capturasen y lo mataran, como a otros civiles de Manbasa, y huyó. Desgraciadamente, tras la huida se encontró con un comandante de la RCD-ML y fue llevado al campamento de instrucción militar de Nyaleke, cerca de Beni. Cuando se enroló ni siquiera había empezado a ir a la escuela.
Al llegar al campamento, le afeitaron la cabeza con un trozo de cristal de una botella rota. En el campamento aprendió a desmontar una pistola y disciplina militar. Los instructores disparaban salvas de munición real delante de los niños para enseñarlos a no tener miedo.
Edouard luchó en los frentes de Bunia, Mambasa, Beni y Butembo. Ha matado a combatientes enemigos. Cuando luchaba en Bunia, vio cómo el enemigo decapitaba a su comandante. Ese día Edouard llevaba una ametralladora tan pesada que tuvo que arrodillarse para disparar.

Fue herido en un brazo en una batalla con el MLC en diciembre de 2002. Todavía carece de sensibilidad en el dedo anular de la mano izquierda. Disparó contra el soldado que le había herido y lo mató.

La vida en la RCD-ML es dura. A veces sus comandantes lo azotaban. «Es un sufrimiento –dice–. No nos dan de comer, ni jabón, ni paga... nadie se ocupa de los heridos.» En ocasiones tiene que mendigar comida. Cuando se recupere de sus heridas, quiere estudiar.


SAMUEL

Samuel, que ahora tiene 16 años, es de Kisangani, y se enroló en un grupo político armado a los 11 años. Había mucha intimidación en la ciudad en aquel entonces y pensó que estaría más seguro y mejor protegido en el ejército. Lo enviaron a Lubumbashi, en el sureste de la República Democrática del Congo, y luego se convirtió en soldado de la RCD-ML y lo mandaron a los frentes de Isiro y Komanda, en el noreste del país.

En diciembre de 2002 fue herido en la rodilla en Komanda y su unidad lo abandonó, aunque logró ponerse a salvo por sí mismo. Antes de la batalla, los soldados solían fumar drogas.
Samuel dijo a Amnistía Internacional que no dudaba en matar. «Cuando estás delante del enemigo, para mí, hay que matar.» Después de matar, lanzaba un grito de victoria y luego registraba al soldado y se llevaba sus armas y su dinero.

Tras resultar herido, fue desmovilizado y enviado a un campo de «reeducación». Pero después de un ataque enemigo en marzo de 2003, un comandante de la RCD-ML que apareció con armas y uniformes lo sacó del campo.

Cuando AI le preguntó por qué y contra quién combatía, respondió: «El enemigo es todo el que nos ataca. Te dicen que subas a un automóvil, no te explican por qué. Después sales del auto y te dicen que estás delante del enemigo.»


THOMAS

Thomas tiene 11 años. Es hema y se enroló voluntariamente en la UPC cuando tenía nueve años. Tras la muerte de sus padres, pensó que la única opción que tenía era unirse a la UPC. A su padre se lo llevaron y lo mataron a machetazos. A su madre la quemaron viva en la casa familiar, cuando los combatientes lendus incendiaron todas las viviendas de su pueblo.

Recibió instrucción en el campamento de la UPC de Mandro.
Poco después de la instrucción, se dirigía al frente cuando el vehículo en el que viajaban él y sus compañeros pasó sobre una mina terrestre. Resultó gravemente herido en el pie izquierdo y tuvo que pasar un año en el hospital, en Bunia.

Después participó en los combates de Bunia de marzo de 2003, cuando el ejército ugandés expulsó a la UPC de la ciudad. En mayo de este año formó parte de la fuerza de la UPC que retomó Bunia. En junio fue detenido junto con otros miembros de la UPC en Bunia por la Fuerza Multinacional Provisional de Emergencia dirigida por Francia, y llevado a un centro de desmovilización.

Está contento de estar fuera del ejército, donde se ha dado cuenta de que se estaba matando a muchas personas por nada, y de que a sus comandantes les daba igual. «Cuando mueres en el frente nadie se preocupa por ti. Y cuando eres herido en el frente, nadie se ocupa de ti. He visto morir a muchos de mis amigos.» Ahora está feliz de poder comer sin el riesgo de que lo maten. Pero volvería al servicio armado si se quedase solo de nuevo, porque no tendría ninguna elección.

Thomas trata de no pensar en sus padres, porque nunca van a volver. Espera reunirse con sus hermanos. Le gustaría aprender a ser mecánico y reconstruir su vida con el resto de su familia.


PAUL

Paul, de 11 años, se enroló voluntario en la RCD-ML y pasó cinco meses con el grupo armado antes de que lo desmovilizaran.

«Perdí las ilusiones que tenía cuando fui al frente», dice. Muchos de sus camaradas, niños como él, murieron en batallas con el MLC. Al cuarto día de combate mató a un enemigo: le disparó a distancia y después le aplastó la cara con una pistola. Estaba contento de haber matado al hombre porque el MLC había matado a muchos de sus amigos.

Desde su desmovilización ha perdido todo deseo de volver a servir en las fuerzas armadas. En el centro donde está, los niños aprenden derechos humanos, aunque no hay medicamentos suficientes. Quiere estudiar y aprender para ser veterinario. Piensa en sus padres, que viven a cierta distancia y a los que ha visto hace poco. De momento se quedará en el centro y continuará sus estudios.


JEAN-DE-DIEU
Jean-de-Dieu tiene 15 años y es nativo de Isiro, en la región de Haut-Uele, en el noreste de la República Democrática del Congo. Se unió a la UPC voluntariamente en Isiro en el 2001, a los 13 años, cuando volvió a su casa un día y vio que la milicia lendu la había saqueado y encontró a su madre en un charco de sangre. Ésta murió después en Kisangani, a donde la llevaron para que la atendieran.

Ha combatido en varios lugares, y recuerda haber matado a seis personas en Nyakunde. Las condiciones eran duras: combatieron sin botas, y el estallido de las balas y el estruendo de las armas pesadas casi los dejó sordos. En la batalla, los niños eran enviados delante mientras los soldados adultos iban detrás.

En Songolo, en 2002, su unidad cayó en una emboscada en la orilla de un río y muchos de sus amigos, niños soldados como él, murieron ahogados cuando intentaban cruzar desesperadamente al otro lado. Muchos otros –al menos 40– murieron tiroteados directamente. No sabe cómo sobrevivió a esa batalla. «Quizá fue suerte y la voluntad de Dios», dice emocionado.

Jean-de-Dieu está contento por haber salido del grupo armado. Demasiados amigos suyos quedaron en el campo de batalla. Lamenta lo que hizo en Nyakunde, donde participó en los saqueos generales. Se llevó un televisor y una bicicleta, que después le quitaron sus comandantes para su propio provecho. Se enfadó, pero no pudo hacer nada porque lo habrían matado inmediatamente.

Ahora quiere volver a estudiar, pero sueña con ir a Europa. Quiere una vida mejor y jura que nunca volverá a ser soldado: «Quiero una vida normal como cualquier persona y comer bien.»




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