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Testimonios de Iglesia perseguida en China

24/07/2008 

Desde el principio se intuía el diabólico plan de los comunistas contra la Iglesia católica. El primer paso era controlar la Iglesia, el segundo, restringir sus actividades para luego destruirla completamente.

Golpes en la lengua
Por Padre Francisco Tan Tiande

 Sufrí mucho más en la cárcel que en el campo de trabajo. Se me encarceló en una celda estrechísima. En todo el día sólo podía estar sentado con las piernas cruzadas.

 No podía ni levantarme ni tumbarme. Tenía que pedir permiso al guardia si quería ir al baño, o para carraspear. Tan sólo después de haber recibido permiso podía levantarme.

 No me estaba permitido hablar con nadie, ni quedarme dormido, porque en tal caso habría sido sometido a un doloroso golpe de fusta en la lengua. Para quien no tiene fe, un día en la cárcel es como un año entero. Pero yo tengo fe, y podía darme cuenta que nuestra casa está donde está nuestro corazón. Estaba en paz con Dios y conmigo mismo.

 Todos los sufrimientos que soportaba por amor a Jesús eran para mí un motivo de alegría.

 

 Un plan diabólico
Por el Padre Juan Huang Yongmu

 Desde el principio se intuía el diabólico plan de los comunistas contra la Iglesia católica. El primer paso era controlar la Iglesia, el segundo, restringir sus actividades para luego destruirla completamente. Algunos no veían claramente lo que iba a suceder. Eran demasiado optimistas y se inclinaban a pensar que el comunismo chino no era el ruso. Pero esto era una fábula. (…)

Mientras estaba en prisión, en Haifeng, a la espera del proceso, pensaba en la sentencia que me impondrían. Deseaba que el proceso fuese lo más rápido posible, porque esperaba que la condena sería de tres o cuatro años. Y sin embargo fue una condena a muerte. Cuando conmutaron esta sentencia por la cadena perpetua, entendí que el Partido Comunista había ideado un plan para exterminar a la Iglesia en China de una vez para siempre, y que yo era una simple víctima de este plan.  La verdadera razón de mi condena fue el exterminio de la Iglesia católica y no los delitos de que se me acusaba.

 

Una Misa clandestina
Por Juan Chang, primo del padre José Li Chang

 Poco después, el padre Li fue transferido al campo de trabajo de Huieliu. (…) ¿Me oirás en confesión?, le pregunté. Mejor esperar a que se hayan ido todos a dormir, me dijo. No sé cuántas horas nos quedamos tumbados, pero a mí se me hizo una eternidad.

 Al fin, el padre Li se sentó. No hubo necesidad de llamarme porque estaba ya despierto. Me senté a su lado, en el catre, y me confesé. Luego sacó de debajo del cojín un pequeño envoltorio, lo abrió y sacó todo lo necesario para la misa: un corporal, un misalito, un pequeño cáliz, una caja de lata con las ostias y dos frascos con vino. Los dispuso con gran cuidado encima de la manta y encendió una linterna. Cuando terminó, se puso el alba y empezó la misa: In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Introibo ad altare Dei. Teníamos que susurrar para no despertar a nuestros vecinos. Yo hacía de acólito. (…)

 Cuando, en la elevación, el padre Li levantó el Cuerpo y la Sangre de Cristo, estaba tan emocionado que el corazón parecía que se me fuera a salir. Luego, en el momento de la Comunión, recibiendo el Cuerpo del Señor, no pude contener las lágrimas. Me acordé de las palabras de Jesús: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Levantando los ojos, me di cuenta de que también mi primo estaba llorando. Acabada la misa, el padre Li guardó todo en el pañuelo, ató el envoltorio y lo puso bajo la almohada.

Alfa y Omega

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