Inicio > Nacionalismo contra democracia

Nacionalismo contra democracia

21/05/2007 

No existe na­cionalismo democrático como no existen tigres vegetarianos. No está en la naturaleza del nacionalismo ser democrático

Heraldo de Aragón 12-dic-06

José Luis Castro Polo. Abogado

 Aunque hay quien habla de nacionalismo democrático, es puro oxímoron. No existe na­cionalismo democrático como no existen tigres vegetarianos. No está en la naturaleza del nacionalismo ser democrático. La democracia se basa, entre otras cosas, en la libertad del individuo pa­ra decidir a través del voto cómo se articu­lan, de forma relativista y cambiante, los di­versos intereses e ideologías en un marco de pluralidad y heterogeneidad social. Y el na­cionalismo, por el contrario, se basa en el grupo étnico cuyo destino está predetermi­nado por una esencia identitaria inmutable y homogénea, laminadora del individuo que pasa a convertirse en un ser tribal que debe adecuar su modo de vida a un patrón de con­ducta y a unos intereses únicos, los de la na­ción metafísica cuyos intérpretes, también únicos, son los nacionalistas que sostienen representar a todo el pueblo de forma indiferenciada.

 Cuando las condiciones no les permiten imponer el partido único -que es lo que es­tá en su naturaleza-, se someten al juego electoral -también lo hicieron los totalitarios en Alemania e Italia transitoriamente- pero a la par socavan todo lo que pueden los prin­cipios democráticos básicos, que no se limitan al formalismo electoral, negando la igual­dad de derechos consustancial a la demo­cracia, como hace el Estatuto de Cataluña que crea tres clases de ciudadanos, los cata­lanes y el resto de los españoles, y dentro de los catalanes los que hablan catalán, de ca­tegoría superior étnicamente pura, y los que hablan castellano, categoría inferior étnica­mente impura y que no pueden utilizar su lengua en el sistema educativo ni en condi­ciones de igualdad en sus relaciones con los poderes públicos o en la actividad empresa­rial.

 La selección del personal administrativo se hace por estrictos criterios clientelistas sin atender al mérito y capacidad -también consustancial a la democracia que exige una administración neutral-, y se trata de confi­gurar un poder judicial propio dependiente del poder político, negando la separación consustancial a la democracia, que no sirva a la justicia con imparcialidad, sino al credo nacionalista-y sus intereses acunados por el tintineo del dinero, porque los nacionalistas además de hacer patria procuran, de paso hacer fortuna -nadie ignora el insoportable nivel de corrupción de las administraciones nacionalistas-. El juez Pascual Estevill, con­denado por prevaricación y cohecho, con­vertido de la noche a la mañana en juez por el cuarto turno, o sea a dedo, y que en su día fue aupado por CiU al Consejo General del Poder Judicial de la mano del abogado de Pu­jol, Piqué Vidal es el paradigma de justicia nacionalista, como De la Rosa lo era de em­presario -Pujol dixit.

 Junto a ello, se procede a la estigmatización del discrepante del fundamentalismo nacionalista que se convierte en enemigo de Cataluña -o de Euskadi- de la misma forma que Franco nos llamaba anti-España a sus opositores. Cabe preguntarse cómo puede considerarse democrática una doctrina que no acepta la pluralidad ideológica, consus­tancial a la democracia, y que llega a utilizar la violencia física costra los discrepantes. En Cataluña lo hacen los matones juveniles de la Esquerra y en el País Vasco la llamada iz­quierda aberzale -en ambos casos se trata de fascistas-, en una perfecta división del tra­bajo con los pretendidos nacionalistas de­mocráticos que no se manchan las manos con la violencia, entre otras cosas, porque puede que estén ocupadas en cobrar su 3 % -Maragall dixit- y ponerlo a buen resguardo. Que no nos quede más remedio que so­portar a los nacionalistas, vale, pero considerarlos demócratas es excesivo.

  

Imprimir artículo