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Lazarillo de Tormes, de “Lázaro de Tormes”

17/06/2005 

´Un secreto misterioso”, por Santos Sanz Villanueva. ... ´Una historia más real de lo que parece”, por Francisco Rico... ´Hacia la novela realista”, por Ángel Vivas.





“Un secreto misterioso”, por Santos Sanz Villanueva

La fama primera del Lazarillo debió de producirse gracias al boca a oreja. Antes de pasar a las prensas corrió en copias manuscritas que se leerían o escucharían con avidez y sorpresa. Avidez por saber del entonces insospechado mundo que abarcaba: las miserias de un pobre diablo en nada parecido a los héroes de las caballerías o a los bucólicos enamorados de las historias sentimentales.

La sorpresa radicaría en que antes del Lazarillo no existía eso que llamamos novela. Un gran misterio del Lazarillo está en su revolucionaria invención, o intuición, de un género, la novela moderna, definitivamente formulada medio siglo más tarde por Cervantes con El Quijote. Un género o incluso, dentro de él, una variante específica, la picaresca. No se trata, claro, de que el enigmático autor de esta carta quisiera fundar el modelo picaresco, sino de que estableció para siempre un esquema fecundo que se repetiría como un molde: autobiografía, andanzas por varios sitios y criado de varios amos.

El escritor anónimo adivinó el modo narrativo de mayor porvenir en un futuro que llega hasta la actualidad: un héroe o antihéroe, que va haciéndose al hilo del relato, cuyo destino se forja en sus propias peripecias y que no está dado de antemano. Sin saber lo que hacía, o sin calcular sus consecuencias, la vida del pícaro (palabra, por cierto, que ha ido a parar a la lengua común, pero cuyo origen aún se discute) echó las raíces de la picaresca, que a fines del siglo XVI ahormó Mateo Alemán con su Guzmanillo de Alfarache.

Ignoraba también su autor el glorioso porvenir del modelo picaresco, difundido bien pronto en otras lenguas y que alcanza a nuestros mismos días. No sólo en obras de obvia afiliación con su antecesor. También sigue vigente en otros muchos narradores actuales que toman un pícaro -más un marginado que un rebelde social- para hacer una crónica contemporánea. No otra cosa que un pícaro es el bígamo de Isaac Montero en Ladrón de lunas, cifra de la corrupción de posguerra e imagen antropológica del español.

El Lazarillo pertenece a esa clase de obras que no agotan nunca su sentido. O que tiene muchos distintos pero no irreconciliables. Nada hay que objetar a quien todavía la considere como un testimonio colectivo de época, próximo a la denuncia social. También cabe ver en la novelita una historia de maduración -todo lo que cada uno tenemos que descubrir acerca del mundo para hacernos mayores- más resignada que cínica. Y tampoco puede despreciarse al que se contente con la feliz conjunción de cuentecillos o historietas que producen un gratificante entretenimiento.

El Lazarillo es una novela tan divertida como ácida, tan amena como inquietante. Bajo lo transparente (las cornadas del hambre) late la dignidad ofendida que se excusa sin mucha protesta. “Vuesa mercedad verá y entenderá”, viene a decir el de Tormes a su corresponsal, “que aunque digan que digan, me he librado de visitar las oficinas de empleo”.

Estos múltiples sentidos y posibilidades de una obra abierta, más la certera intuición de un estilo creativo, sobrio y eficaz, y parte la destreza para ensartar historias cada una de su padre y de su madre, no agotan la explicación de la obra. El Lazarillo ha producido una bibliografía que multiplica por miles su escuálida dimensión. Acaso no quede de él ni una coma sin comentar. Con los renovadores trabajos y enfoques de García de la Concha, Lázaro Carreter o Rico sabemos más o entendemos mejor la obra. Pero no la calamos del todo, o, si se quiere, se nos escapa siempre un último estadio que dé razón del misterio prodigioso de una obra insólita.

La releemos y su encanto se mantiene intacto, aunque no virginal. Sucede con algunas obras geniales, hijas de la intuición más que del estudio, que esconden una clave difícil de desvelar. El Lazarillo complace y da que pensar. Tiene hoy una vigencia como si su primera tinta estuviera fresca. Su mundo, históricamente tan alejado de nuestro, resulta de una enorme proximidad material y emocional. Pero no sabemos con qué materia se destiló tal prodigio. Esta subyacente historia de lo mucho que cuesta al desgraciado hacer se su propio lugar en la vida guarda un secreto misterio.




“Una historia más real de lo que parece”, por Francisco Rico

En 1553, o acaso a finales de 1552, empezó a circular por España un tomito de aspecto humilde (64 folios en octavo, es decir, en formato de bolsillo) que no ha llegado hasta nosotros pero que hoy podemos reconstruir con la ayuda de las ediciones conservadas a partir de 1554. En la cubierta se leía: “La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades”. Tenemos la certeza de que el texto no respondía siempre fielmente a la voluntad de quien lo compusiera, y ese título, en concreto, sin duda le era ajeno (entre otras razones, porque al lacerado protagonista se le llama “Lazarillo” sólo una vez en todo el relato, y sólo por hacer un chiste, mientras él insiste en que su nombre no es otro que “Lázaro de Tormes”). En cualquier caso, el epígrafe inventado por el primer editor hacía al librillo todavía más desconcertante: un rótulo similar hubiera sido comprensible para la biografía de un santo o la crónica de un héroe, pero, ¿quién demonios sería ese fulano desconocido de todos?

El contenido satisfacía cumplidamente la curiosidad. Lázaro de Tormes es un pregonero de Toledo que cuenta en primera persona, estilo llano y tono jocoso cómo ha llegado al “oficio real” (a ser funcionario, diríamos ahora) y a las circunstancias familiares en que se encuentra en el momento de escribir. Nacido en un molino a orillas del Tormes, a un tiro de piedra de Salamanca, su madre, viuda y necesitada, lo puso al servicio de un ciego cuyas astucias y malas artes le abrieron, paradójicamente, los ojos a la vida. Entró después en casa de un clérigo infinitamente avaro, con quien hubo de reñir una batalla tan tenaz como ingeniosa (y al cabo sangrienta) para no perecer de hambre. Su tercer amo fue un presuntuoso escudero arruinado, al que no obstante Lázaro terminó por cobrar cariño, hasta el punto de mendigar para mantenerlo. Un vendedor de bulas (presumiblemente falsas) le enseñó luego a callar y no meterse en asuntos que no le concernieran muy directamente. Tras una temporada con un alguacil, en un quehacer arriesgado e ingrato, Lázaro, en fin, ha conseguido un empleo de pregonero municipal, gracias a la protección del arcipreste de San Salvador, con cuya criada, además, se ha casado y vive feliz. Es en esa etapa cuando Lázaro de Tormes se resuelve a consignar la relación de todas sus pasadas “fortunas, peligros y adversidades”, para dar así contestación a la pregunta de un corresponsal anónimo (a quien trata de “Vuestra Merced”) acera de cierto episodio que en los primeros párrafos queda sin precisar: “Vuestra Merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso…”. Pero en las últimas páginas se descubre que el episodio en cuestión son los rumores que corren por Toledo sobre si la mujer del pregonero es o no barragana del Arcipreste: “Hasta el día de hoy nunca nadie nos oyó sobre el caso…”. Sólo entonces se advierte, retrospectivamente, que las estampas autobiográficas que Lázaro ha ido presentando a lo largo de la carta a su merced están en buena parte orientadas a explicar el comportamiento que practica o los toledanos le atribuyen en relación con tal “caso”: transigir con la situación y no abrir la boca, para no perder la modesta prosperidad y el relativo bienestar que a la postre ha conseguido.

En los dos mil años de la literatura occidental no se había escrito otro libro como ese que al mediar el Quinientos llegaba a las manos de los españoles (y pronto de todos los europeos, traducido al italiano, al francés, al inglés, al alemán, al flamenco y hasta al latín). Pocos podían rivalizar con él en gracia y en ingenio, a la vez que en una ironía benévola –y sin embargo implacable- alzada a visión del mundo relativista y rebosante de humanidad. Es posible que nunca antes un personaje de la pobre categoría de Lázaro hubiera recibido una atención tan amplia y tan minuciosa, tan respetuosa con el punto de vista que un pregonero en sus condiciones. podría haber tenido de sí mismo, y tan centrada en la materialidad y en los pormenores cotidianos de la existencia. Pero, como sea, nos consta que no se conocía ningún otro relato en prosa con las singulares características, con la insólita ontología –digámoslo así-, del Lazarillo de Tormes. Porque el tal librillo ¿era historia o era ficción?

Ficción no lo parecía, porque hacia 1553 no tenía curso corriente ningún género de prosa de imaginación que se atuviera íntegramente a los criterios de probabilidad, experiencia y sentido común que gobiernan la vida y el lenguaje de todos los días. Desde luego, como se presentaba era como historia, como “carta mensajera”, en principio estricta y escrupulosamente verídica, a la manera de tantas otras que entonces estaba de moda publicar. (De ahí que al verdadero autor no se le pasara por la cabeza revelarnos su nombre, que sigue ocultándosenos, y probablemente sin remedio: en rigor, el Lazarillo no es un libro anónimo, sino más bien un libro apócrifo, atribuido a un falso autor, el propio protagonista, Lázaro de Tormes.) Nada de cuanto en él se refería, en efecto, llevaba a pensar en los temas y en los modos distintivos de la ficción literaria en la edad del Renacimiento; todo, por el contrario, estaba poblado de cosas y personas tan vulgares, tan naturales y, en apariencia, tan verdaderas, que en la época no podían despertar ninguna sospecha de ser pura creación de un fabulador. Todo, digo, salvo un primer detalle: todavía en los comienzos de su carta, Lázaro contaba el amancebamiento de su madre con un esclavo negro. Lo hacía con delicadeza y afecto, pero no lo encubría. Y ¿quién en el siglo XVI se hubiera atrevido a escribirlo poco menos que con todas las letras? El dato no podía sino levantar un serio recelo (¿no sería todo aquello una patraña?), y a partir de ese momento el lector forzosamente tenía que escudriñar el texto con cien ojos, decidido a comprobar si en alguna otra parte se infringía la presunción de veracidad con que lo había empezado. Pero a partir de ahí, y hasta la página final, a Lázaro no volvía a escapársele ni una línea que pudiera tacharse de inverosímil o inaceptable. La duda se desvanecía en los dos últimos folios, donde el pregonero descubría otro episodio paralelo pero aún más vergonzoso que los amores de su madre: las relaciones de su mujer y el arcipreste. Per hasta llegar al desenlace el lector había de sentirse obligado a seguir la carta a su merced con la sospecha de que toda ella podría ser mentira, pero comprobando a cada paso que nada dejaba de parecer verdad.

El Lazarillo lograba así que por primera vez en la literatura de Occidente una narración en prosa fuera leída a la vez como ficción y de acuerdo con una sostenida exigencia de verosimilitud. Así se abría la mayor revolución literaria desde la Grecia clásica: la novela realista.





“Hacia la novela realista”, por Ángel Vivas

La autoría del Lazarillo es una de esas cuestiones que llevan siglos ocupando a los filólogos, Francisco Rico asegura que el autor, aunque apócrifo, sería el mismo Lazarillo, es decir, “Lázaro de Tormes”.

“El Lazarillo es una broma”, afirma Rico. “Empìeza a circular como manuscrito, una supuesta carta que cuenta un caso, así es como se llama en el libro; Eduardo Mendoza tomó la palabra para su novela La verdad sobre el caso Savolta, que termina con un triángulo como el del Lazarillo. Es, pues, una falsificación; y es distinto si lo tomas al pie de la letra o si sabes que es una ficción. Si al libro le pones anónimo, le quitas esa raíz y aparece como ficción. Para entenderlo como fue, hay que verlo como si Lázaro fuera el que escribe, el autor de una carta dirigida a una persona, no escrita para ser publicada”. Autor, por tanto: “Lázaro de Tormes”.

“Diabólico”

“Al poner el nombre del autor, reconstruyes las circunstancias originales”, remacha Francisco Rico. “Y ese procedimiento diabólico crea la novela realista moderna. Todo lo narrado tiene coherencia, pero a la vez sabes que no es verdad. Hay dos detalles que sugieren al lector que está leyendo una ficción, la relación de la madre con un negro y la confesión del narrador de que está siendo engañado por su mujer. Eso hace que el libro se lea como verosímil y como ficción a la vez. Y eso es la primera vez que ocurre en la historia. Pero entonces no se sabe que es mentira, el autor lo deja dudoso hasta el final”.

El propio Francisco Rico reconoce que del autor verdadero “no tenemos ni puñetera idea” de quién era. Pero, a fin de cuentas ¿qué hay en un nombre?, lo que llamamos rosa olería tan dulcemente con cualquier otro nombre.
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Las tesis sobre la autoría del Lazarillo vienen de lejos. Desde las primeras atribuciones a fray Juan de Ortega y a Diego Hurtado de Mendoza, no han faltado las hipótesis más o menos disparatadas. Se pensó en alguien del círculo de alumbrados cercano a los hermanos Valdés y en Lope de Rueda. El mismo Tierno Galván echó su cuarto a espadas, sugiriendo que el Lazarillo era un libro comunero. Y la erudición bienhumorada de Francisco Rico (Primera cuarentena) registra dos afirmaciones de paternidad colectiva: una cofradía de pícaros (“seis mozos, sin más ni más”), y un conciliábulo de obispos, camino de Trento, para más señas. En esta última, que venía de Inglaterra, cabe ver un punto de mala leche protestante.

Pero ese tipo de investigaciones parece dar irremediablemente a un callejón sin salida. Mejor parece intentar ver qué es exactamente ese libro mal llamado La vida de Lazarillo de Tormes, y de su fortuna y adversidades (“el título es un disparate”, sentencia Francisco Rico, apuntando a que el nombre del protagonista no es Lazarillo sino Lázaro”). “El Lazarillo no es una novela, es una falsificación”, dice Rico; “algo como lo que hizo Orson Welles en su célebre adaptación radiofónica de La guerra de los mundos.

El ejemplo está muy bien traído. El joven y ya amigo de dar quebraderos de cabeza a sus productores, Orson Welles no avisó a sus oyentes de que iban a escuchar una dramatización radiofónica, sino que les metió de lleno en la historia como si aquello fuese un informativo… con las consecuencias sabidas. El autor del Lazarillo tampoco presentó a sus lectores una novela, sino algo muy corriente en la época, una carta donde se contaban hechos verídicos.

“No existían novelas en 1550, es decir, libros que trataran la realidad con la perspectiva cotidiana. El relato es una carta que “Lázaro de Tormes” escribe a “vuestra merced”. Las cartas eran el medio de comunicación y difusión de noticias, eso se imprimía y circulaba, eran las gacetas de entonces. Por otra parte, se estaba poniendo de moda en esos años el publicar correspondencias de famosos y no famosos”.

Oposición

La sugerencia de Rico de que el autor que debe aparecer en la solapa es el propio narrador, “Lázaro de Tormes”, no es compartida por todos sus colegas. Así, el anterior director de la Real Academia, Fernando Lázaro Carreter, sostiene que “es una inteligente gracia de Francisco Rico, inteligente como suya; pero no hay que alterar el hecho de que el Lazarillo es anónimo; es autobiográfico, sí, porque está escrito en primera persona, en forma de una carta de relación, género que cuenta con precedentes claros y que tuvo mucha importancia en la época”.



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