Educar para comprender, y comprender para salir de la crisis

A nivel de aula, y de centro educativo, ocurren cosas parecidas. Cuando un maestro o una maestra no es capaz de vivir una especie de descentramiento constante (con la finalidad de dejar espacio a lo que aporta el alumnado ), los valores, el conocimiento y las relaciones interpersonales que se aprendan en aquella aula tenderán a ser triviales. 

Se aprende a ser comprensivo, y dado que se aprende, podemos decir que se puede enseñar. Desde nuestro punto de vista enseñar consiste en escuchar para proponer, para volver a escuchar, para volver a proponer, para... escuchar... para proponer... 


Escuchar y proponer, dos verbos que nos indican dos acciones clave en la acción educativa; ya que cuando escuchas no siempre oyes lo que el otro te quiere decir, tampoco lo que tú quieres escuchar. Todo profesional de la enseñanza tendrá un saco de anécdotas sobre reuniones de claustro o de equipo educativo, en las que después de haber expresado tu opinión, sientes como si no te hubieran comprendido. 

¡Cuantas veces nos hemos encontrado que tras dar una instrucción a nuestros alumnos, no hacen exactamente lo que esperábamos! 

Escuchamos con el oído, pero también escuchamos con lo que somos y con lo que sabemos: las preconcepciones, la polisémica de las palabras, la propia ignorancia sobre las costumbres de otros, nuestras incomprensiones sobre aspectos culturales alíenos, la claridad en la comunicación, el estado de ánimo,... son algunos de los obstáculos que nos encontramos a diario tanto alumnos como maestros. Todos ellos constituyen obstáculos que atenúan la comprensión. 

Comunicar bien supone claridad e inteligibilidad, pero no comporta comprensión. La comprensión supone un esfuerzo por reconocer al otro; el esfuerzo de sentir en uno mismo aquello que siente el otro, poniéndome en su piel, en su pensamiento, en lo que manifiesta. Ahora bien, comprender no es confundirse, como expresa Edgar Morin (1986) es un “yo me vuelvo tú sin dejar de ser yo mismo”

La mirada comprensiva 

Cuando las maestras y los maestros miramos (en los trabajos de nuestro alumnado) más allá del ejercicio realizado, o realizado de forma extraña, más allá de los borrones, las manchas y más allá de si la letra es mejorable. Cuando miramos y sabemos ver cómo piensa aquella persona, su coherencia, incluso sus incoherencias; podemos decir que estos maestros realizamos una mirada comprensiva. Este tipo de mirada educadora obra un mundo de oportunidades educativas de calidad, que antes no se daban. Por eso consideramos importante que los docentes tengamos disposición para destinar tiempo, esfuerzo, habilidades y que perseveremos en: 

• Organizar el aula y las secuencias didácticas de forma que las niñas y los niños se acostumbren a descubrir qué le aportan los demás. ¿Qué han tenido en cuenta que a él o a ella se le había pasado por alto? Es decir enseñar al alumnado a aprender a sorprenderse de los demás

• Procurar que nuestro alumnado aprenda a escuchar como es y qué sabe el otro, el de al lado, el más alejado,... y, a la vez, procurar que cuando expresen sus ideas, pensamientos u opiniones, lo hagan vinculándose a lo que se está haciendo en clase. 

• Fomentar que cuando nuestro alumnado exprese sus ideas lo haga pensando en quien les escucha, tanto desde la preocupación por hacerse entender como por la implantación de las normas de cortesía y el buen trato. 

En definitiva, es preciso organizar momentos y espacios en el aula para el debate, la exposición y la controversia, con la finalidad de encontrar algunas explicaciones plausibles sobre el tema estudiado o la pregunta planteada. 

Cuando una maestra o un maestro, escoge destinar tiempo a estas actividades, sabe que no podrá cumplir todo lo que está escrito en el índice de los libros de texto. Pero esto no le importará demasiado porque también sabe que, ante la cantidad de contenidos se encuentra el derecho a una educación de calidad. 

Y, en un mundo en el que los contenidos crecen exponencialmente, lo que cuenta, lo que prepara a la ciudadanía, es la capacidad de saber lo que uno quiere y por tanto la capacidad de saber qué se puede dejar de lado; así cómo la capacidad de saber cambiar de opinión. Cosa que difícilmente se aprenderá a base de reproducir esquemas o responder correctamente a formularios.
 

Por Carme Pablo Puig y David Vilalta Murillo. Sacado del Blog Tendencias21