Al cole cueste lo que cueste

Dieciocho fotoperiodistas de Sipa Press han recorrido el mundo en busca de casos concretos en los que la educación suponga cada día un reto para los niños. Aquí ponemos una muestra de este trabajo...

Fuente: Cadena Ser

En Mae Sot (Tailandia), los refugiados e inmigrantes birmanos cuentan con una escuela muy alejada de sus casas. Los niños tienen que recorrer largas distancias hasta un punto de encuentro en el que el propio profesor, Thi Ha, recoge a sus alumnos con un pequeño carro a motor para llevarlos a clase. Considera que si no lo hiciera, más de la mitad no acudiría a clase.

En el noroeste de México, Esmeralda, de 9 años, y Patricia, de 10, caminan todos los días cuatro horas para ir al colegio, dos de ida y otras dos de vuelta. Tienen que atravesar terrenos montañosos y superar obstáculos como cercas o vallados. La distancia es tan grande, que Patricia tiene que vivir con la familia de Esmeralda durante el periodo escolar porque si viviera en su propia casa, no podría acudir a clase.

Brasil

La familia Oliveira, en Sertao (Brasil), envía a su hijo Fabricio, de apenas 6 años, y a sus primos, a una escuela que se encuentra a unos 7 kilómetros. Se desplazan en burro, por un trayecto que les lleva más de una hora. En clase, los alumnos de más edad ayudan a sus compañeros con las tareas, ya que sólo hay un profesor para todos los estudiantes de distintas edades.

En otros lugares no es la tierra, sino el agua, la que separa a los pequeños estudiantes de la escuela. En la Guayana Francesa, hay niños que deben buscar canoas o piraguas con las que cruzar el río Maroni. En Houat, una isla próxima a la costa de Bretaña (Francia), los alumnos deben tomar un ferry a primera hora de la mañana para desplazarse a otra isla en la que cuentan con una escuela. Es un caso único en la zona, puesto que en las demás islas de la costa son los profesores los que se desplazan de unas a otras.

Peligro en el entorno

Nigeria

Kulumin Jeji, una pequeña localidad de Nigeria, cuenta con una escuela a la que algunos miembros de la tribu de los fulani envían a sus hijos. Eso sí, los pequeños deben levantarse de madrugada para ayudar a la familia en las labores caseras antes de marcharse al colegio que, en este caso, se encuentra a más de una hora a pie. Los niños tienen que cruzar esa zona desértica soportando temperaturas extremas que les hacen llegar al colegio cansados y deshidratados. A ello se une un problema añadido: los libros están en inglés, lo que complica el aprendizaje.

En Los Angeles, California, Jhai Menefee debe hacer cada día un recorrido en autobús de unos cuarenta minutos, además de caminar un kilómetro, para asistir a clase. A sus 13 años, Jhai ha tenido que ser cambiada de escuela porque sufría acoso por parte de compañeras mayores que ella. Algo parecido le pasó a su hermano, que tuvo que marcharse a vivir con su tío para dejar de sufrir los abusos.

Paban Mondol tiene 8 años. Vive en la calle, en Calcuta, con su madre y sus dos hermanos. Esta situación no le impide asearse y vestirse impecablemente cada mañana para asistir a la escuela entre las seis y media y las diez.

La guerra en Libia ha destruido viviendas y escuelas. La ciudad de Misrata es un ejemplo de la devastación, y muchos colegios se ven obligados a acoger a estudiantes de centros que ya no existen. Algunos llegan casi a duplicar el número de plazas. Así es el centro al que asisten las hermanas Amal, Nawal y Salem, que no sólo ven el desastre de la guerra camino a la escuela, sino que lo han sufrido en su piel. Salem hizo estallar accidentalmente una bomba al confundirla con una pelota. La explosión mató a su primo y a su hermana mayor, e hirió gravemente a Nawal en el brazo.

Libia

Elizabeth Atenio, de 6 años, vive en Kibera (Kenia), el mayor asentamiento chabolista de África. Cada mañana se levanta temprano para ayudar a su madre en casa y después se marcha al colegio caminando unas dos horas aproximadamente atravesando un entorno insalubre y peligroso. Elizabeth va sola y conoce los riesgos. Un 20% de sus compañeras han sido violadas durante el trayecto a la escuela. Por eso la mayoría se desplaza en grupo.

Tras el tsunami que azotó la costa de Japón en 2011, muchos colegios quedaron destruidos y no han vuelto a abrir sus puertas. Por eso, los alumnos de la zona de Sendai deben viajar a otras localidades para estudiar. Hiroki va en bicicleta hasta la estación, allí coge un tren y después tiene que caminar un tramo hasta la escuela. En total, una hora y media de trayecto...